Lectura pierde espacio en el metro de N.Y

METRO

Cada vez leemos menos, nos da pereza. Hoy, sin impresionar, leen más las mujeres adultas que los hombres y ni que hablar de los adolescentes del nuevo milenio. Pese a tener mayores herramientas para cultivar o mantener este hábito, la tendencia es menor entre la juventud. Sin embargo, los video juegos y las redes sociales siguen marcando la predisposición de la gran mayoría.

Hace pocos días visitaba la ciudad de Nueva York. Regresaba a ella tras doce años de ausencia quedando impactado por la actividad del celular en el metro. Recuerdo, cuando residía allí, que el viaje hasta el trabajo, que duraba unos 40 minutos, empezaba antes de ingresar a la estación de Astoria Boulevard. Ahí, al pie de las gradas, compraba mi ejemplar del New York Times y un café. Ya adentro, con el gélido frío golpeando el rostro o el calor asfixiante de los veranos, siempre de un extremo al otro en las estaciones elevadas, empezaba la lectura diaria.

Al igual que yo, el número de personas sumergidas en el interior del New York Daily News, New York Post, Newsday o simplemente un libro de tapa blanda, éramos mayoría. No faltaban, por supuesto, los perezosos que se quebraban de un lado a otro recostados en sus sillas, de pie o quizás contra una pared, evidenciando que la noche fue corta o la falta de un buen baño matutino estaba ausente en su manual de sanas costumbres, mientras otros se perdían en el vacío con sus miradas o rastreaban el entorno de manera diligente y discreta, siempre sumidos en aquel silencio apurado e indiferente que identifica a los residentes de la Gran Manzana.

No faltaban aquellos que dejaban el periódico en la silla tan pronto su ruta se agotaba, permitiendo que los más tacaños o carentes de 25 centavos (vaya uno a saber), se apuraran para darle un vistazo a la copia de papel. Era una costumbre que hoy ya no existe en los siempre agitados vagones del metro neoyorquino.

METRO 1

Esta vez, viajando en la ruta “R” y el número “7”, decidí caminar entre los vagones para comprobar mi sorpresa. En ambos lados la gente estaba metida en sus celulares, de pie o sentados, con sus dedos apurados en las pantallas de sus dispositivos móviles hacia arriba y hacia abajo, mirando sin mucha pausa. Solo unos pocos parecían estar concentrados en algo, leyendo quizás, mientras que otros, con sus ojos cerrados, disfrutaban de cualquier cosa con sus audífonos.

Estaba claro, en el recorrido, que no había un solo periódico en las manos de nadie y mucho menos un libro. Tal vez por eso los vagones se veían más limpios, pero menos cultos o por lo menos actualizados intelectualmente. Podría decir, sin ser preciso, que casi el 90% de los pasajeros que allí íbamos, estaban inmersos en sus celulares, muy pocos hablaban y éramos bien escasos los que observamos, haciendo el ambiente más frío e impersonal que siempre.

METRO 3

No, no leemos. Definitivamente la lectura pierde fuerza por la pereza de la gente pese a tener mayores facilidades para hacerlo en estos tiempos modernos. Se nos está olvidando leer con profundidad y no solamente los titulares; ahondar en los detalles de las historias para tener una idea precisa de los acontecimientos. Solo nos enteramos de lo más importante y concluimos que estamos enterados de todo. Nos hemos vuelto simples en contenido y sólidos para discutir, opinar o refutar.

Cada día son más las personas que escriben, bien o mal, pero lo hacen. Algunas reflejan trabajo y capacidad, mientras otras solo buenos deseos. En las redes sociales se abrieron grandes ventanas para el “intercambio de opiniones” que muchos consideran diálogos, terminando en insultos y amenazas. La ortografía no tiene la más mínima importancia en los canales hechos para escribir siendo absurdo pero evidente. Se lee de todo y de cualquier manera.

Si nos diéramos la oportunidad de perdernos por lo menos treinta minutos diariamente en los recovecos de una aventura de amor, ficticia, dramática, etc., quizás podríamos escaparnos por un momento de los problemas e inquietudes que nos embargan. No solo ayudaríamos a nuestras neuronas a trabajar más, sino que retrasaríamos el desarrollo de algunas enfermedades y podríamos aportar mejores ideas si de verdad nos enteráramos de lo que pasa a nuestro alrededor. Estar enterado no es suficiente, hay que degustar las historias para tener un panorama claro de ellas, especialmente si nos “alimentamos intelectualmente” a través de las redes donde las noticias hoy no son fuentes fidedignas por la manipulación comprobada de las mismas.

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