Final de terror!

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Suspendida, así está la final de la Copa Libertadores a falta de noventa minutos y quizás un poco más. En el primer duelo, ese que se jugaba en la Bombonera y que terminó igualado a dos, fue la lluvia la que se antojó caprichosa e intratable retrasando el histórico duelo un día más, pero en la previa al compromiso definitivo, donde el Monumental estaba a reventar cinco horas antes del puntapié inicial, fue el pánico y desconcierto causado por terroristas disfrazados de aficionados que rompieron la magia atacando el bus del conjunto xeneise en su desplazamiento al recinto deportivo. Si, fueron delincuentes vulgares y ordinarios los autores de este absurdo, porque en eso se han convertido las mal llamadas “barras bravas”.

Un día antes del prolongado duelo y como una premonición fatal, la policía bonaerense allanó la casa de uno de los líderes de las barras de River, dejando en evidencia lo que son estos grupos delincuenciales, ya que el rótulo de deportivos hay que acabarlo de una buena vez. Encontraron miles de dólares, millones de pesos y mercancía ilegal para la explotación. Todo un botín al mejor estilo de las grandes mafias.

Las barras bravas, por llamarlas de alguna manera, han adquirido un poder extraño y dañino, aparte de contar con el permiso de algunos directivos inescrupulosos que manejan intereses particulares de los equipos o en partidos claves, porque este cáncer que carcome el fútbol nace desde el interior de las mismas instituciones.

Esto no es exclusivo de las barras de River Plate, todo lo contrario. Hay que incluir las de Boca Juniors también, las cuales de alegres y deportivas tienen muy poco. Son tan peligrosas y perjudiciales como tantas otras que están enquistadas en muchos equipos del fútbol gaucho y latinoamericano en general.

Si hasta el momento esta final no ha reclamado un muerto de cualquier bando es solo cuestión de tiempo. Los directivos de Boca, River y la Conmebol están más enfocados en buscar una igualdad deportiva (esperando a que se recuperen los jugadores lesionados en el incidente), que en el potencial desastre que esta confrontación va a generar cuando la misma tenga un campeón. Ustedes pueden estar seguros de que sea cual sea el campeón, la afición perdedora encontrará la manera de desfogar su frustración de manera violenta, siempre arengada por estos grupos de desadaptados que las lideran.

Si los encargados de la decisión final fueran de verdad claros y coherentes, sin importar todo el dinero que está en juego (lo cual resulta improbable), dejarían la prueba desierta o la mudarían a una cancha neutral, aunque esto no garantice nada. Más allá de representar una bofetada certera para todos esos aficionados que consideran la violencia como una alternativa válida para reclamar la victoria o la derrota, firmar el final de esta edición de la copa con una decisión acertada vale la pena. Queda claro que, con un solo herido o muerto, sin incluir los daños materiales, los responsables de cualquier calamidad son los directivos deportivos que tienen hoy el poder de evitar una tragedia anunciada.

 

 

 

 

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