EL PROBLEMA NO ES COLOMBIA, SOMOS TODOS

El buen humor no es la solución al problema del balompié suramericano. Así ruedan los memes en la redes sociales

Unos sufren, otros lloran y un poco más sonríen socarronamente con alivio. Sufren los que ven un equipo sin vocación ofensiva, raquítico en generación y pobre en definición. Lloran los que no entienden qué está pasando con una selección llamada al protagonismo, o por lo menos así lo conciben por el recorrido de sus convocados, y ríen los que disfrutan sentirse dueños de la verdad cuando sus dardos venenosos y dañinos se ven reflejados en una serie de resultados grises, una impotencia absoluta como local y un grupo humano enredado y sin reacción al que siempre han criticado con ahínco.

La selección colombiana está en zona de clasificación directa por una serie de resultados adversos de sus perseguidores y no por su capacidad de juego fecha tras fecha. El equipo de Reinaldo Rueda desespera con su lentitud para atacar, la falta de sociedades que desaten ese nudo de impotencia en el que están metidos y solamente tiene un jugador distinto que alivia ese envuelto que se hace en el pecho ante la ineptitud. Si todos tuvieran tan claro como se juega este deporte, como lo hace Luis Diaz, los cafeteros podrían desarrollar todo ese potencial del cual creo son capaces y que evidencian en sus respectivos clubes a lo largo de los torneos.

A Francisco Maturana, cuando todo el mundo estaba saturado de su presencia en el comando técnico, le criticaban el excesivo manejo del esférico y el transporte innecesario del mismo, que se cristalizaba en un fútbol anodino y frugal con una que otra situación de riesgo. Hoy Colombia hace lo mismo pero con términos distintos. Solo de esa manera se explica que un conjunto tan discreto como Paraguay se haya ido con un punto del Metropolitano y de paso puesto, inclusive, alguna jugada de alto riesgo cuando sus principios de ataque son casi nulos.

Pero a todo esta tragedia que genera el malestar de los resultados obtenidos, especialmente en casa donde se tiene que jugar de otra manera, a muchos se les olvida que esta situación no es nueva y mucho menos sorpresiva. Es una tendencia que en algún momento tiene que acabar porque la misma deteriora con parsimonia y complacencia el balompié  suramericano. Es hora de ir eliminando esa idea de que en este lado del mundo se juega distinto por idiosincrasia y cultura. Ya los europeos no se comen ese cuento y han tomado lo que les interesaba de nosotros para añadirlo a su manual de trabajo y entrenamiento. Por eso es evidente la superioridad de los combinados del Viejo Mundo en relación a los nuestros, algo que se descubre al repasar ligeramente las estadísticas del Mundial para aceptar (sin sorpresa) que ya van veinte años sin que  Brasil o Argentina, que son los verdaderos aspirantes, saquen la cara por “nuestro bello” fútbol. Esa rúbrica deportiva llena de gambetas, tacos etc. que permanece en el recuerdo ya no asusta a nadie, si bien su belleza es indiscutible. Ya los argentinos y brasileños se clasificaron sin despeinarse, pero nos queda aceptar si están para volver a la cima orbital.

A los desmemoriados es bueno recordarles que hace cuatro años, antes de ir a Rusia y con el súper Pékerman abordo, en Latinoamérica reinaba la confusión con una Argentina sin gol (llevaba cuatro partidos sin marcar), los cafeteros perdiendo en casa contra los guaraníes (1×2), Chile acercándose con agonía a la zona de repesca, Ecuador daba lástima y Perú peleaba con los dientes la ilusión de un regreso orbital (le había empatado a cero a los gauchos en Buenos Aires), concluyendo la fecha 17 de aquella ronda.

Todo se definió en la jornada 18 donde Messi y su pandilla lograron meterse al Mundial tras derrotar a los ecuatoriales (el diez firmó los tres de la victoria); Brasil, que como cosa rara ya estaba con el cupo asegurado, le metía tres puñaladas a los chilenos que miraban de reojo como de manera cómplice colombianos y peruanos le hacían el certificado de defunción firmando un empate vergonzoso que muchos callaron de manera cómplice porque el billete al Mundial se obtenía de manera directa (los incas irían al repechaje), y los charrúas también consiguieron boleto goleando a una Bolivia que es distinta a esta que todavía sueña con lo que algunos consideran imposible en la ronda del 21.

Todo quedó cerrado en la última fecha de aquel ciclo y ahora nos sorprende que la mediocridad futbolística del continente siga esa línea agónica de cara a la cita en Qatar ¿de verdad?. Ahora lo que debemos preguntarnos es si los equipos que logren llegar a la meta tienen algo para asustar a los europeos que de nuevo son firmes candidatos para quedarse con el trofeo orbital. El fútbol de ese continente es el que consumimos cada semana, el que nos deleita, el que quisiéramos ver en nuestras canchas, pero los libretos de preparación, adecuación táctica y mentalidad colectiva tienen reparos especialmente cuando aún conservamos la imagen de una excelente Eurocopa.

Italia, que hace pocos meses llegaba a esta prueba con una racha invicta muy amplia y con un rótulo de favorita que confirmó con la consecución del trofeo, está ahora en zona de repesca en el proceso clasificatorio y desinfló a una afición que le apostaba a un cupo sin problemas, lo que evidencia que las distancias se mantienen entre los seleccionados de la UEFA, pero las mismas se acortan porque la libreta de apuntes tiene el mismo contenido.

A Colombia, en un caso específico, le queda replantear su propuesta y establecer otros principios de juego. Con lo que tiene le alcanza, pero con lo que expresa en la cancha siembra muchas dudas que decantan en la angustia y frustración. Muchos creerán que estoy loco cuando afirmo que los colombianos, por composición, están al nivel de los argentinos y brasileños, pero el enredo de fábrica está en la cabeza no solo de los jugadores y nuestra obsoleta cultura futbolística, sino en la idea que promueven los entrenadores del continente. Si esto no fuera así, como explicar que un jugador como Juan Guillermo Cuadrado en su equipo sea valorado como pieza fundamental y en la selección se opaca como el atardecer. ¿Cómo explicar que un jugador de esta talla prefiera tirarse al suelo para vender una falta inexistente, en vez de rematar a portería, cómo lo explicamos? Por eso, ante el apremio, al equipo de Reinaldo no le queda sino ganar, ganar y ganar porque afortunadamente todavía dependen de ellos y ojalá que lo hagan desarrollando el verdadero potencial de una escuadra encogida y frustrada por las limitaciones tácticas.

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