Otro escándalo para el frecuente olvido…

Esta historia tiene que ser mas sencilla que la compleja serie realizada por Netflix. En la Casa de Papel se robaron la casa de la moneda mientras que en la cancha del Unión Magdalena con papelitos, al parecer, terminaron por usurpar la dignidad deportiva. Pero lo más irritante no fue la sospechosa pasividad de los llaneros para defender el gol que le otorgaba la clasificación a su rival, sino lo fiesta que armaron los bananeros ante semejante papelón mundial. Si el partido estaba o no arreglado será cosa de ver, esperando que las autoridades encargadas lleguen al fondo del asunto y tomen los correctivos del caso. Sin embargo, en un país que a diario se indigna por la injusticia y los escándalos en todas las esferas sociales, pero que aprendió a comulgar con ellos, no es raro que nada pase, que todo quede ahí; como una anécdota más cuando la corta memoria que poseemos se rebose por completo.

Un anticipo de lo que podemos esperar, frente a las escandaleras interminables, sumando las frecuentes e improductivas manifestaciones de repudio y promesas vanas de justicia y reparación (a todo nivel valga la aclaración), es que el Unión Magdalena arranca en la primera división como si nada hubiera pasado. ¿Es normal este tipo de escándalos, reacciones oportunistas, promesas vacías y “soluciones” improductivas? Pensar en un “SI” mayúsculo explica por qué muchos no siguen con atención un torneo que se ha desacreditado por sus propios medios y actores desde tiempo atrás, así no falte quien quiera negarlo de manera tajante.

Es imposible seguir un campeonato en donde brotan comentarios sospechosos y mal intencionados en cualquier momento tras los yerros repetidos en la cancha, así no tengan asidero. Donde es complicado cuestionar si fueron o no deliberados los criterios, liberándolos de cualquier duda.

En las tribunas, en las esquinas y hasta en los medios profesionales, se deja en el aire aquella sensación del amaño constante con comentarios inoportunos, sin pruebas o temor alguno. Ese mismo recelo que nos persigue en todo momento, a cada cuadra por donde se transita sin saber dónde te van a “hacer la vuelta” en un país inseguro y sospechoso por todo.

Esta incertidumbre, de querer sacar provecho en todos los sectores, lastima al pueblo entero y eso quedó reflejado una vez más con este lamentable suceso en el torneo de ascenso. La tristeza radica en la falta de entereza para aceptar quiénes somos y cómo nos hemos acostumbrado a vivir con esta cultura del engaño, en una país abundante en fe y gente buena, pero donde no alcanzan los mejores deseos para barrer tanta porquería que apesta.

Vale recordar, solo por citar un ejemplo, que hace casi 30 años se produjo una limpia en el arbitraje colombiano donde fueron excluidos algunos referatos que inclusive tenían escarapela FIFA, y que al final dejó 16 hombres de negro con su moral  e integridad deportiva seriamente cuestionada pero nada más.

Sin querer mencionarlos a todos, porque no es el caso, se recuerda el lapidario nombre de Jairo Montoya quien se cansó de arreglar partidos y “sazonar” con mucho dinero aquella olla podrida. Una situación que se desató cuando el juez Armando Hoyos fue secuestrado y Álvaro Ortega asesinado a finales de los 80. Alguno de los imputados, para mayor tristezas, aseguró en ese momento que la purga no se había acercado ni al 10% de la basura que se movía en el fútbol del país.

Alguna vez, En Nueva York, a mediados de los 90, tuve la oportunidad de dialogar con un juez central que dirigió en Colombia y sus historias eran espeluznantes. Si todo lo que me expresó fue cierto, no quedaba sino sentarse a llorar al escuchar ese manoseo frontal por parte de los dos carteles más importantes de la droga en aquel instante, así como la injerencia directa que tenían en el destino del rentado y los hombres que se involucraban en la competición, muchos de los cuales actuaban por miedo y necesidad. Había otros que no tenían vergüenza, eso es claro. Hoy, afortunadamente, esos capos no existen, pero la tradición por la triquiñuela parece aún vigente.

El campeonato colombiano ha tenido varios escándalos como resultado de una sociedad viciada y permeable que renuncia a todo principio moral cuando el dinero aparece en el horizonte. Sociedad que no le gusta ser cuestionada porque hay muchos que son libres de toda culpa, pero que resulta difícil identificarlos cuando estamos amontonados en un solo grupo donde se hace complejo separar a los buenos de los malos, ya que la constante aprensión que nos embriaga cuestiona si la separación estuvo correcta o no. Y no porque lo buenos no lo sean, sino porque los malos han afinado sus estrategias para camuflarse mejor entre ellos.

No es absurdo pensar, para rematar, que poco o nada veremos como respuesta acertada y ejemplar a este escándalo deportivo mundial que deja en entre dicho la integridad de un deporte inundado, al parecr, de intereses oscuros y particulares desde hace mucho, pero mucho tiempo, porque aparte de una corrupción rampante en todas las esferas, lo que más duele es la triste y frecuente impunidad.

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