La afición y el fanatismo: conceptos que dividen las graderías del fútbol moderno.

No hay nada peor que el fanatismo y el daño que esta actitud genera donde quiera que se hace presente. Ya sea en el plano religioso, político o deportivo, principalmente, los fanáticos, históricamente, siempre han sido la consecuencia del mal. Por eso el balompié, siendo un deporte emocionante, se ha visto lastimado por este grupo de personas que, amparadas en el “amor” por sus clubes, se atreven a cometer desfases que atentan contra el normal desarrollo de las cosas. Es, de alguna manera, como esos hombres que “aman” a sus esposas, pero las agreden y ultrajan para complacencia interna con acciones que parten de una situación emocional inestable, porque el fanatismo es una sensación de seguridad (dicen los expertos), que por lo general afecta a las personas más inseguras.

El fanático, como tal, debe ser separado del aficionado y el hincha regular. Dos renglones que también se unen al sentimiento afectivo por un club, pero que no rayan en la exageración de lastimar o agredir cuando la frustración los ampara. Eso es el fútbol, una actividad que te puede aportar muchas satisfacciones y grandes tristezas y si esto no se puede concebir es mejor que jueguen a las muñecas o con ositos de peluche si prometen no enojarse. Deben aceptar, de una buena vez, que en cualquier competición la derrota forma parte del deporte y no puede ser sinónimo de tragedia como muchos fanáticos interpretan las cosas cuando la realidad supera sus fantasías o expectativas.

Está definido que los seguidores exaltados y acalorados, al punto de lastimar o buscar en la agresión un desfogue a sus desgracias, incluyendo muchas de la vida personal, son personas que, por lo general y de manera reiterada, le hacen daño al entorno donde se mueven. Perjudican por su radicalidad y necesitan algún tipo de ayuda porque psicológicamente no son confiables, repito. De hecho, no es atrevido aseverar que el fanatismo se caracteriza porque raya en una crueldad extrema.

Un ejemplo de lo anterior, por no citar lo más grotesco que hace pocos días observamos desde México, es el abuso verbal que reciben los jugadores y técnicos cuando las cosas no andan bien. Situación que se hace mucho más notoria si por tradición es uno de esos conjuntos que históricamente están obligados a ganarlo todo. Desafortunadamente, hoy, las redes sociales se unen a esas herramientas que le gusta al fanático extremo para ridiculizar su frustración, atacando a quienes consideran que son los responsables de su desgracia. Seguidores que no han sido capaces de superar sus aflicciones, fracasos y limitaciones en la vida diaria y se identifican con el triunfo deportivo como un escape a su realidad. Por eso no perdonan que sus equipos no hagan algo distinto que repetir las tristezas de su diario vivir, cuando muchos de ellos, de manera silenciosa, envidian el entorno en el que se mueven los atletas profesionales. Por eso es más fácil fomentar el odio y la intolerancia, presionar para que las cosas decanten en lo que ellos consideran es lo correcto, que ayudar a construir. Lo segundo revindica, eleva, suscita el crecimiento, ayuda a superar las adversidades, mientras que lo primero aplasta, destruye y rompe cualquier plan, que es la mayor felicidad del fanático extremo.

El aficionado integro, activo y saludable para el deporte, es aquel que se interesa, promueve y defiende a su equipo en este ejemplo que estamos manejando. Es una persona que sufre la derrota, que delira con la victoria, pero que no hace una apología de la tragedia por ninguna de las dos circunstancias (los extremistas son dañinos aun celebrando)

El fanático es ese admirador que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada, sin respetar los dogmas y sentires contrarios (eso define el diccionario). Son radicales y tercos de manera constante y proclives a la violencia.

El hincha, en la última línea, es aquel devoto que sigue y se apasiona con entusiasmo, pero más allá de arengar, saltar y emocionarse como sucede en cualquier recinto deportivo, no sufre más de los normal cuando las cosas, en materia de resultados, no son favorables.

Lo más triste de este complicado escenario de ver más y más fanáticos y menos aficionados e hinchas al fútbol, es que en los medios se han colado algunos personajes que tienen la misma tendencia y colaboran para que los desfases y las presiones se aumenten (hoy es más notable desde las múltiples plataformas de opinión). Otros, entre tanto, aprovechan la facilidad de palabra para ganar seguidores utilizando discursos y comentarios populares que desestabilizan y generar conmoción, lo que al final les da esa atención que tanto emociona el ego.

Una tristeza más para un deporte que nació con otra intención: la de unir y divertir pero que hoy divide y lastima con acciones y comentarios ácidos desde todos los ángulos, tal vez porque todos sabemos mucho de fútbol, pero pocos entendemos la esencia de este. Allí hay una gran diferencia.

Por eso, para cerrar, a los bravos, montoneros y guapos que se tapan las caras, que no respetan a nadie porque en manada son intocables, les pido desde esta esquina un favor: porqué no se quedan en sus casas viendo los partidos por la tele ya que, de verdad, en ninguna cancha del mundo el fútbol los necesita.

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