LA DIFUSA SOMBRA DEL DIEZ Y SIETE

Tal vez no es la verdad absoluta y por ende debatible, pero es una realidad cada vez más palpable así produzca desagrado. Desde lo deportivo han empezado esa caída normal que se da después de acariciar los picos más empinados como figuras rutilantes e intocables, aunque pensar hoy que son los mejores resulta cuestionable.

Uno espera, como tantas veces nos hemos quedado en esta incómoda situación, que no terminen siendo elegidos (el uno o el otro), como el “Jugador del Año” en este verano que se acerca, porque entonces quedaría en evidencia la pobreza conceptual de un trofeo que no debería existir porque parte del principio de un juego colectivo y por ende tendría que premiar al mejor en cada posición y no por los trofeos (que son obra de todos) y mucho menos los goles de una temporada. Claro que, en medio de esas mentiras repetidas en las que naufragamos constantemente, pero que con el paso se convierten en inapelables, todos las aceptamos como verdades absolutas.

Hoy, tras terminar ciclos gloriosos con Barcelona y Real Madrid, Leo Messi y Cristiano Ronaldo empezaron su peregrinación por la agónica recta que conduce al retiro. Un retiro obligado en medio de un deporte que por sus avances científicos permite que los atletas extiendan sus carreras un lustro más, pero que por su elevado precio continúan desangrando clubes tan vanidosos como históricos que hacen caso omiso al calendario para apegarse al revolcón mediático que produce el nombre dentro de este fantástico mundo del mercadeo y la venta de humo al que espero nunca acostumbrarme.

Ni el argentino, y mucho menos el portugués, pudieron confirmar que eran las piezas claves para lograr títulos dentro de unas escuadras nutridas con muy buenos jugadores, pero con dolencias colectivas incuestionables. Confirmaron, con los guayos puestos, que el brillo rutilante y el pedestal en el que por tanto tiempo han estado amparados no hubiera sido posible sin la historia y los laureles de aquellos clubes que los abrigaron en sus mejores momentos, y el aporte de un grupo estelar pero menospreciado que con tesón aportó lo mejor de cada componente para la gloria de las acostumbradas instituciones, sus malcriadas aficiones (que solo aceptan ganar) y un par de jugadores en particular.

Ya el diez, o el treinta, como usted lo quiera recordar, no es el jugador veloz que te rompía en 40 metros con una gambeta endiablada y con un freno “quiebra cinturas”. Sigue teniendo la visión de la cancha, la precisión que aporta su técnica exquisita y la certeza de entregar con propiedad, pero en el PSG es un jugador más, no del montón porque es Messi, pero uno más. Allí la figura tiene nombre propio y apenas 23 años que ya se empiezan a enredar en una autopista interminable de ofertas económicas, guiños de falsedad (que nunca faltan en esta esfera) y opciones variadas para alcanzar esa reservada cúspide que ahora tiene espacio para él.

El Chico es la nueva sensación, o por lo menos así se vislumbra con ese lente apabullante de las redes sociales y las comunicaciones modernas donde, por desgracia, hay que soportar programas tras programa viendo o escuchando repetidamente cómo al muchacho le pegaron una patada en el entrenamiento y de repente su cuestionable titularidad se traduce en toda una tragedia internacional.

Claro que, saliéndome brevemente del tema, a esta gacela de 23 años hace menos de una semana le dieron un repaso de lo que es tener jerarquía, vergüenza deportiva y madurez en una cancha, es decir casta de campeón.

Un connacional le demostró que a los padres no se les enseña cómo hacer hijos, en una noche fantástica y memorable donde este veterano confirmó que él es uno de los tantos damnificados por la difusa sombra del diez y el siete desde hace unos 14 años.

El siete, por su parte, sigue teniendo una condición física envidiable. Posa de modelo con sus abdominales bien marcadas, una esposa bella, mucho dinero, carros de lujos, una tonelada de admiradores, pero se fue a casa sin ser la fórmula salvadora de un Machester United apeado de la Champions por Simeone y su combo (suena a orquesta se salsa), mientras que en el salón doméstico se sumerge en la rutina inquebrantable de lo mediocre y desabrido.

Me voy a limitar solo a esto, pero tampoco se les olvide que con Juventus no pasó nada y tuvo que coger su montón de “chatarras” y regresar por viejos pero accidentados predios, alejados de la victoria, como a él no le gusta.

Seguramente que a muchos admiradores les debe incomodar la visión que desde este sencillo rincón brota, pero es hora de aceptar que todo ciclo, así como la vida, tiene fecha de vencimiento y estos dos estelares no son la excepción.

Se están apagando las luces del inmenso decorado en el que alguna vez se movieron como las grandes vedettes del planeta fútbol y eso ya no tiene vuelta atrás. Menos mal, y en eso soy un agradecido total, que la vida me dio la posibilidad de disfrutar a plenitud de dos jugadores que, desde ya, históricamente serán inolvidables y a los que aplaudiré de pie si pronto piensan en recoger los botines.

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