¿Qué escuadra ganará?

Recuerdo con precisión el primer Mundial que pude apreciar, entender y por ende disfrutar. Fue en 1978 cuando se jugaba en Argentina y lo vi a color, en la casa de un gordo bonachón llamado Lázaro (amigo de mi papá) quien por aquel entonces había llegado de USA y tenía un televisor que podía leer los colores cuando la señal era puesta en el satélite. Toda una novedad y maravilla para un chico que iniciaba su romance con este deporte, pero cuya memoria todavía no le daba para entender qué había pasado en Alemania 74, México 70 y mucho menos en Inglaterra 66 cuando aún no había nacido.

Recuerdo que se hablaba entre los entendidos de las notables ausencias de un tal Franz Beckenbauer y un holandés de apellido Cruyff, quien 4 años atrás había deslumbrado al mundo al liderar un equipo que revolucionaba el concepto de la colectividad en procura del balón en acción defensiva, cerrando espacios y limitando al rival en su intento de salir.

Por la novedad del color, me llamó poderosamente la atención el equipo holandés. Su vistoso tono anaranjado y la presencia de algunos jugadores que poco a poco se irían quedando en la memoria, haría que por muchos años me gustara su estilo y filosofía de juego. Aun hoy, cuando no son considerados grandes favoritos, siempre los miro con cariño y agrado. Por eso recuerdo con claridad al eterno capitán, Ruud Krol, acompañado de muy buenos elementos como los hermanos Willy y Rene Van De Kerkhof que brillaban en la zona media, junto a delanteros temidos como Rob Rensenbrink o el mismo Johnny Rep.

En ese Mundial tan raro, donde la película extradeportiva, política y de opresión era liderada por el general Videla, muchos “adivinaban” que los locales podían “dar la sorpresa” mientras que otros le apuntaban a históricos como Brasil, Alemania y los mismos tulipanes, para quedarse con el trofeo.

Hubo ruido y malestar cuando los cariocas se quedaron por fuera de la final tras ver como los gauchos apabullaban a los peruanos que parecían tener pinta de llegar más lejos y se “marearon” ante los dueños de casa que los golearon sin pudor, en un partido que todavía hoy genera escozor y malestar cuando se piensa en él.

En ese cuadro, orientado por el versero y siempre fumador, Cesar Luis Menotti, no estaba un chico de apellido Maradona que había levantado todo tipo de rumores en la previa y que se consagraría un año más tarde en el Mundial Juvenil de Tokio. Sin embargo, otro grupo de gladiadores como el meta Ubaldo Fillol, el capitán Daniel Passarella, el flaco Osvaldo Ardiles, Américo Gallego, Mario Alberto Kempes o Leopoldo Luque, entre otros, lograron alzarse con el trofeo y de paso acrecentaron unos fuertes rumores que con el tiempo todavía se diluyeron entre la amargura, la suspicacia y el sin sabor.

Recuerdo haber visto jugadores de la talla de Amaral, Toninho Cerezo, Dirceu o Rivelino por los brasileños de Claudio Coutinho, así como la capacidad de otras fichas claves como el elegante capitán de los italianos, el meta Dino Zoff, junto a elementos como Antonio Cabrini, Claudio Gentile, Gaetano Scirea, Franco Causio, Roberto Bettega y el siempre peligroso Paolo Rossi.

En Polonia, otro de los equipos que recuerdo con agrado, se destacaba un atento guardameta como Jan Tomaszewski, el capitán Kazimierz Deyna, junto a hombres tan habilidosos como Grzegorz Lato (ya había sido goleador en el 74), Andrzej Szarmach y Wlodek Lubanski.

Entre los alemanes, que parecían intocables como campeones defensores, se destacaba otro arquero imponente como Sepp Maier, acompañado de piezas de buen nivel como Berti Vogts, Manfred Kaltz, Hansi Mueller, Klaus Fischer Karl-Heinz Rummenigge entre varios más.

Todo este grupo de nombres se filtraban en mi memoria, y de ahí en adelante, tal vez, empecé a considerar cada Mundial, sus protagonistas y las posibilidades de los seleccionados clasificados. Sin embargo, contrario a lo sucedido en aquellos tiempos, donde en la cancha se jugaba a otra cosa y los recursos técnicos e individuales marcaban una diferencia abismal con respecto al fútbol que se practica hoy, elegir un favorito absoluto en el Mundial de Qatar resulta sumamente atrevido. Hoy, para ser claros, se le da más importancia a lo que las computadoras puedan predecir, que a la óptica de los expertos.

Dentro de este enorme mundo de conjeturas que llegan desde todos los sectores del planeta, facilitado por las redes sociales, los franceses parecen tener preferencia para revalidar el trofeo alcanzado en Rusia, y nadie cree que los locales, por encima del dinero que tienen, puedan pasar de la primera ronda (esperemos no encontrarnos con alguna nueva sorpresa).

Argentina y Brasil, al parecer, tienen opciones muy grandes para ser protagonistas y más allá de que esto sea cierto o no, me uno al deseo de ver a cualquiera de estas dos escuadras llegar a instancias decisivas, sin negar que mi sentimiento estará permanentemente al lado Canadá y el colectivo de las barras y las estrellas mientras duren en competición.

Oír hablar de Croacia y Bélgica es apuntarle al temor y la duda ya que se mencionan ciclos en cierre, mientras que pensar en que Portugal por fin llegue a la meta es tan poco probable como que Ronaldo juegue una vez más en Real Madrid, mientras que los alemanes, que buscan recuperar la memoria y la vergüenza después de lo pasado en predios rusos, tampoco figura en el carrusel de favoritos, aunque es Alemania y esto, por encima de todo, se respeta.

Ustedes pueden seguir buscando el favorito y hacer todos los pronósticos que quieran que hoy es más válido que nunca. Mientras tanto, desde esta esquina, entiendo que la aventura que pronto inicia en Qatar es tan carente de brillo como aquella que por el 78 apenas mi memoria recuerda, porque más allá de un Messi que aspira a entrar en el olimpo de los mayúsculos, o quizás un selecto grupito de jugadores distintos, los demás combinados llegan con amasados de buenos atletas que le apuntan, respaldados en una gran resistencia física, a un avance colectivo por encima de lo individual, sencillamente porque hoy el fútbol es más atractivo por su rapidez mental y velocidad física, que por la magia de aquellos artistas que embrujaban con el balón en los pies y una dosis de abundancia técnica.

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