!UN TITULO PARA EL VERDADERO HINCHA!

Si a usted no le gusta leer, no lea esta nota. Es larga y ofrezco me disculpe, pero resulta imposible resumir un sentimiento que ha tomado más de 15 lustros descubrir y disfrutar para una afición que, por encima de todo, merece un reconocimiento especial.

Es complicado expresar algún tipo de romance o pasión cuando nunca se ha podido sentir esta combinación por un equipo de fútbol, ni siquiera el de la ciudad donde se nació. Es más, para ser conciso, resulta bien complicado expresar estas cosas cuando, como amante al mejor de los deportes, nunca te has puesto la playera de ningún conjunto o selección del mundo, porque el amor que sentís por el juego supera un resultado, una divisa, unos colores, una clasificación, un título o una región en particular. Algo muy difícil de explicar y entender cuando es claro que los logros superan de lejos la competitividad. Por eso escribo con prudencia ya que poseo una óptica invertida en todos los aspectos de este deporte, lo cual me aparta de la realidad para sumirme en una cascada de fantasías absurdas en las inmediaciones del verdadero fútbol, el real.

El ancla para esta discutible óptica se cimenta en la estética, el pundonor, el esfuerzo y el sacrificio que se queda en la competencia dentro de un gramado de juego, sumado al aliento que brota en las gradas del principal protagonista del espectáculo: el aficionado. Todo esto, conjugado, arroja el verdadero sentido de las confrontaciones que se cristalizan bajo un aura de competitividad sana y en procura de una diversión total que debería primar, pero no es así.

Sin embargo, como un enamorado del deporte más maravilloso del planeta, me deleito cada vez que veo a una parcialidad delirar por la gloria, especialmente cuando esa afición forma parte de aquella prolongada fila de grupos que históricamente han sido leales y constantes pese a comulgar de manera regular con la tristeza, el sufrimiento y un millar de esperanzas inconclusas.

Soy pereirano, pero desde el contexto anterior, esta nota no es el reflejo de un sentimiento propio porque no lo siento, pero si un homenaje sencillo a tantos y tantos seguidores del Deportivo Pereira que he conocido de cerca. Un equipo que, más allá de lo sucedió el miércoles 7 de diciembre del 2022, llegó a una instancia final que siempre anheló y a la cual estuvieron apuntándole de manera inalterable durante 78 años a pesar de que torneo tras torneo las posibilidades de ver cristalizado ese deseo se perdía por el camino de la discreción, el amaño o la incapacidad.

No preciso el año, pero estoy seguro de que se inauguraba la tribuna de gorriones. Para ese entonces, siendo muy chico, un flaco espigado y no muy agraciado, pero brillante, quien con su voz ronca y extraña se perfilaba como amplio dominador de la sintonía radial con comentarios irreverentes, nos invitó, junto a mi hermano menor, para grabarle un comercial al Deportivo Pereira y anunciar tan gran evento (allí entrarían los niños de manera gratuita). El popular “cilantrito”, mi tío, nos llevó a los estudios de La Voz Amiga donde después recibimos un balón de puro cuero por el aporte a la causa, el cual caducó en los botines del “perejil chino” y sus amigos sin ruborizarse.

De allí en más evoco las frecuentes visitas al juvenil Hernán Ramírez Villegas, donde la tribuna de sol no era la preferida del pueblo, como muchos podrían pensar, pero si la más concurrida por el precio de la taquilla y donde los radios amplificaban las distintas transmisiones deportiva que silenciaban la gradería cuando se escuchaba el gol en otras plazas o cuando Dagoberto Puello, El rey Moquera, Esaú Jaramillo, Jimmy Oyuela, en su momento, gritaban los goles del furioso equipo local (me disculpan si no los cito a todos). Mientras tanto, al sur, donde hoy se sitúan los incansables Lobos, quedaba el espacio destinado para los gorriones al cual, para acceder, solo teníamos que pedirle a un “vecino” el favor de que nos hiciera pasar como su hijo para cruzar la entrada y correr desaforadamente a buscar dónde sentarnos y “chupar”, de paso, ese inclemente sol que golpeaba con potencia todas las tardes dominicales mientras en los demás sectores del recinto deportivo, donde las probabilidades de venta eran mayores porque entre los gorriones solo había juventud y resistencia, circulaba un festival ambulante de chicharrones gigantes, tinto, gaseosas, mango viche con sal y la empalagosas manzanas dulce, entre otras cosas. Todo un festival oportuno para “apagar” el sofocante calor.

Desde aquel estrado recuerdo haber visto la mayoría de los clubes que visitaban la Perla del Otún (cada uno con sus particulares urgencias dentro del rentado), mientras los concurrentes esperábamos el mejor espectáculo de fondo antes de terminar el acostumbrado y ya extinto partidillo preliminar.

En los toldos locales siempre hubo jugadores que dejaban su impronta en la grama, en una época donde el dinero fluía de manera extraña y permitía ver buenos conjuntos pero, como siempre, con un dominio marcado de los más grandes y tradicionales. Era un buen campeonato por su nivel de juego y calidad de jugadores, de eso no tengo dudas, pero amañadamente se favorecía a los de siempre como sucede aun en las principales ligas del mundo. Por eso la locura Matecaña del 2022 es la prolongación de un momento impensado, fuera de todo cálculo, porque puedo confirmar, a mi manera, que no puede existir nada mejor que un torneo donde todos, absolutamente todos, tengan opciones de tocar la cima sin tener que esperar 80 o 100 años a que esto suceda.

En 1944, cuando el grande matecaña surgió, en el mundo se empezaba a aclarar el panorama de una sanguinaria guerra mundial, había temblado en San Juan, Argentina (más de 10 mil muertos), mientras que un combo de pastusos, en Colombia, intentaban dar un golpe de estado, solo por citar algo distinto a lo que representaba el nacimiento de un equipo que buscaba restar diferencias y unir la ciudad. De ahí en más sucederían muchas cosas que están en la historia del club, pero me correspondió, desde que la memoria me funciona más o menos, ver elementos de gran talla.

En la bella cancha del Ramírez Villegas fui testigo de la capacidad y el talento de muchos buenos jugadores que venían con las comitivas visitantes. Pude apreciar en acción elementos como Alberto “El Tigre” Benítez, Ángel María Torres, Henry Escobar, Arturo Segovia, Miguel Ángel Converti, Julio Comesaña, Pedro Zape, Alfonso Cañon, Jaime Morón, Eladio Vásquez, Juan Carlos Delménico, Alejandro Brand, Oswaldo Marcial Palavecino, Sapuca etc., mientras que en las toldas Matecaña brillaban Arístides del Puerto, Rafael Crispín Verza, Jairo Aguirre, Benjamín Cardona, Henry Viáfara, Farid Perchy, Sergio Sierra, Hugo Horacio Lóndero, Abel Lobatón, Ponciano Castro, Sergio Santín, Oscar Quintabani, Hernando “la pinta” García, Osvaldo Pangrazio, Guillermo La Rosa, Cesar Cueto, Luis Gerónimo López, Reynel Ruiz, Roberto Vasco etc. Todos ellos en una época difícil de olvidar, como también resulta imposible desprenderse de la imagen sonriente de Chila y su inagotable amor por un equipo que se le metió en el alma sin dejarlo un momento solo, como tiene que ser, pese a las adversidades.

Ya en el exterior, muchos años después, observé como los aficionados matecañas, antes de la llegada del internet y los consabidos progresos tecnológicos, siempre estaban atentos a su “pereirita del alma”, así como los seguidores de los demás clubes del rentado nacional pese a la inmensa distancia que nos separaba. Desde muy lejos, los incondicionales del conjunto pereirano hacían todo lo posible para seguir de cerca al conjunto cafetero, sufriendo cada derrota en la primera división y sus dos caídas al torneo de segunda clase donde pasó muchos años hasta que por fin retornó a la élite nacional en 2019 (desde 2012), como seguramente los sufrieron y disfrutaron de cerca quienes estaban allí, en la plaza, al pie de la cancha.

Sé y entiendo que el aficionado leal no lo es porque así lo haya decidido. Lo es porque la devoción, el amor y la pasión se mezclan con su estilo de vida y no saben cómo ni cuándo pasó. El romance con el club forma parte de si mismo, de su piel. Por eso porta la camiseta con orgullo, salta y alienta sin desmayar. Forma parte de caravanas que se mueven como serpientes por las más complicadas vías del país para estar al lado de los muchachos en cada presentación y alentarlos sin parar, sin importar las fronteras y los riesgos. Son el espíritu y la vida, el hoy y el mañana, la continuidad del ayer y la extensión de aquellos aficionados y periodistas que se fueron anhelando ver a su equipo dando una vuelta olímpica, pero a quienes el tiempo no les alcanzó para tanto deleite. No pudieron ver la esquiva estrella en una casaca que, después de 78 años, se ha transformado y modernizado despertando la misma devoción por sus colores y diseños. Un fervor que se desbordó el pasado miércoles en el coqueto gramado del Hernán Ramírez, ese mismo estadio que desde 1974 se encargó de hospedar al equipo y sus figuras y que le dio continuidad a las “batallas” que desde el arranque se libraban en el vetusto Mora Mora donde despegaron las ilusiones, los sinsabores y las desventuras del sufrido club.

Ahora que por fin han degustado un trago de gloria, los hinchas matecañas no solo deben recibir nuestro reconocimiento y felicitaciones, sino una advertencia seria si de verdad quieren repetir pronto las dulces mieles del triunfo y no esperar otro ciclo extenso para reconfirmar lo que hoy claramente se puede lograr. No olviden que en la tribuna se marca la diferencia.

Me sorprendió, solo para mencionar, ver el estadio totalmente lleno abarrotado y casi a reventar. Me conmovió la imagen, pero no por la alegría sino porque hace unos meses estuve allí viendo a este mismo Pereira enfrentando a Cortuluá y las tribunas casi desérticas lloraban de tristeza, de la misma manera que han llorado por mucho tiempo y aun más cuando el club pasaba por malos momentos o cabalgaba por los senderos del ascenso. Por eso quedé impresionado al ver tanto aficionado “orgulloso” del equipo y celebrando cuando no son capaces de pagar la taquilla para respaldarlo ni una sola vez. Es más, les duele pagar los 20 mil pesos que vale el abono mensual de la televisión si es que no quieren ir al estadio.

Es cierto que los recintos del país se han convertido en plazas donde la violencia se hace presente de manera regular y esto merma el deseo de concurrir a los partidos (aunque no faltará el que discuta esta realidad), pero este tipo de comportamientos se tienen que eliminar en la medida que los aficionados buenos y sus familias regresen a presenciar y acompañar sus equipos. Debe ser un compromiso de todos recuperar la alegría de los estadios.

Por eso, para no felicitar a quien no lo merece, saludo con respeto al aficionado fiel, constante y resistente. Ese que no se arruga por nada y que pase lo que pase siempre grita con el corazón inundado de amor por su equipo. Como le pasa a don Javier Restrepo, Luis Alberto, Carlos y muchos pereiranos más que nunca se rindieron o rendirán para disfrutar hoy de lo que por tanto tiempo fue solo una quimera.

Cuando esta alegría pase, sé que todo volverá a ser lo mismo de siempre y al lado del conjunto solo estarán los eternos e inamovibles (en esto me gustaría equivocarme en todo). Veremos entonces como los aficionados se molestarán de nuevo porque el equipo tiene problemas, putearan a los que hoy son sus ídolos, pedirán la renuncia del técnico si las cosas no sales bien en tres partidos y las tribunas lucirán una vez más semivacías (gracias, Lobo Sur, por dar el ejemplo), teniendo que esperar otra proeza para que la Furia Matecaña juegue con casa llena.

Ojalá, ahora que van a una Copa Libertadores como novedad y experiencia extraña, se pudiera contemplar la idea de ver un estadio repleto cada que un extranjero llegue más allá de lo que pase en la cancha, porque ese es el auténtico respaldo que vale para un equipo. Solo en las graderías el indiscutible admirador puede reclamar su entusiasmo, como sucede en los grandes clubes del mundo, aunque eso es una cuestión de cultura e idiosincrasia y no de un momento mágico que tomó 78 años cristalizar el cual, repito, me alegra lo vivan a plenitud tantos aficionados “todo terreno”, probos y cristalinos que he conocido muy de cerca para fortuna de la Furia Matecaña.

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